Las Palomitas de Maíz

Rubem Alves

(Traducción libre)

La cocina me fascina. De vez en cuando hasta me atrevo a cocinar. Pero el hecho es que soy más competente con las palabras que con las ollas.

Por eso, he escrito más sobre comidas de lo que he cocinado. Me dedico a algo que podría tener el nombre de “cocina literaria”. He escrito sobre las más variadas entidades del mundo de la cocina: las cebollas, carne picada con tomate frejoles y arroz, bacalao, soufflés, sopas, barbacoas.

Llegué incluso a dedicar la mitad de un libro poético-filosófico a una meditación sobre la película “La Fiesta de Babette”, que es una celebración de la comida como un ritual de brujería. Consciente de mis limitaciones y habilidades, nunca escribí como chef. Escribí como filósofo, poeta, psicoanalista y teólogo — porque la cocina estimula todas las funciones del pensamiento.

Las comidas, para mí, son entidades para soñar.

Provocan mi capacidad de soñar. Nunca imaginé, sin embargo, que llegaría un día en que las palomitas de maíz me harían soñar. Pues eso es precisamente lo que sucedió.



Las palomitas de maíz, maíz marchito, granos redondos y duros, me parecían una simple travesura, diversión deliciosa, sin dimensiones metafísicas o psicoanalíticas. Sin embargo, hace unos días, conversando con una paciente, ella mencionó las palomitas de maíz. Y sucedió algo inesperado en mi mente. Mis ideas, empezaron a estallar como palomitas de maíz. Me di cuenta entonces, de la relación metafórica entre las palomitas de maíz y el acto de pensar. Un buen pensamiento nace como una palomita de maíz, de forma inesperada e imprevisible.

La palomita de maíz se me reveló, entonces, como un extraordinario objeto poético. Poético, porque, al pensar en ellas, las palomitas de maíz, mi pensamiento comenzó a dar saltos y estallidos como los de las palomitas de maíz dentro de una olla. Recordé el sentido religioso de las palomitas de maíz. ¿Las palomitas de maíz tienen un significado religioso? Pues sí.

Para los cristianos, el pan y el vino son religiosos porque simbolizan el cuerpo y la sangre de Cristo, la mezcla de vida y alegría (porque la vida sola,  sin alegría, no es vida…). El pan y el vino deben ser bebidos juntos. La vida y la alegría deben existir juntas.

Recordé, entonces, una lección que aprendí de la madre Stella, sabia poderosa del Candomblé bahiano: que las palomitas de maíz son el alimento sagrado del Candomblé

La palomita de maíz es un maíz marchito, subdesarrollado.

Si yo fuese un agricultor ignorante, y si en medio de mis mazorcas de maíz grueso apareciesen aquellas espigas enanas, yo me enojaría y trataría de deshacerme de ellas. Por el hecho de que, desde el punto de vista del tamaño, las palomitas de maíz no pueden competir con el maíz normal. No sé cómo sucedió esto, pero el hecho es que hubo alguien que tuvo la idea de separar las espigas y colocarlas en una olla al fuego con la esperanza de que los granos se ablandaran y pudiesen ser comidos.

Habiendo fracasado el experimento con agua, trató con aceite. Nadie podría haber imaginado lo qué sucedió.

Repentinamente, los granos comenzaron a estallar, saltaban de la olla con un ruido enorme. Pero lo extraordinario era lo que ocurría con ellos: los granos duros quiebra-dientes se transformaban en flores blancas y suaves que incluso los niños podían comer. El estallido de las palomitas de maíz se convirtió entonces una cocina sencilla operación culinaria, en una fiesta, juegos, travesuras, para la risa de todos, especialmente de los niños. ¡Es muy divertido ver el estallido de las palomitas de maíz!

¿Y qué tiene eso que ver con el Candomblé? Es que la transformación del maíz duro en palomitas de maíz suaves es símbolo de la gran transformación por la que deben pasar los hombres para que sean lo que deben ser. El maíz crudo no es lo que el hombre debe ser. Debe ser lo que sucede después del estallido. El maíz crudo somos nosotros: duros, inquebrantables, inadecuados para comer, pero por el poder del fuego podemos, repentinamente, transformarnos en algo más — ¡Volver a ser niños! Pero el cambio sólo ocurre a través del poder de fuego.

El maíz crudo que no pasa por el fuego continúa siendo maíz crudo para siempre.

Lo mismo ocurre con nosotros. Las grandes transformaciones suceden cuando pasamos por el fuego. Quien no pasa por el fuego permanece de la misma manera, la vida entera. Son personas con una monotonía y dureza asombrosas. Sólo que no se dan cuenta. Piensan que su manera de ser es la mejor manera de ser.

Pero, de repente, ven el fuego. El fuego aparece cuando la vida nos lanza a una situación que nunca imaginamos. Dolor. Puede ser fuego de fuera: perder un amor, perder un hijo, caer enfermo, perder un empleo, quedarse pobre. Puede ser fuego de dentro: pánico, miedo, ansiedad, depresión — sufrimientos cuyas causas ignoramos. Siempre existe el recurso a los remedios. Apagar el fuego. Sin fuego el sufrimiento disminuye. Y con eso la posibilidad de la gran transformación.

Imagino que el pobre grano de maíz, encerrado dentro de la olla, calentándose ahí dentro cada vez más, piensa que su hora ha llegado: va a morir. Desde dentro de su cáscara dura, cerrado en sí mismo, no puede imaginar destino diferente. No puede imaginar la transformación que está siendo preparada. El grano de maíz no imagina de lo que es capaz. Entonces, sin previo aviso, por el poder del fuego, la gran transformación sucede: ¡¡PUF!! — Y aparece como algo totalmente diferente, algo que nunca soñó. Es la oruga rastrera y fea que emerge de la crisálida como mariposa voladora.
En la simbología cristiana, el milagro de palomitas de maíz está representado por la muerte y resurrección de Cristo: la resurrección es la explosión de las palomitas de maíz. Es necesario dejar de ser una manera para ser de otra.

“Muere y se conviértete” — decía Goethe.

En Minas Gerais, todo el mundo sabe lo que es piruá. Hablando sobre piruás con los paulistas, descubrí que ellos ignoran lo que es. Algunos, incluso, pensaban que era una broma mía, que piruá es una palabra inexistente. Me sentí obligado a valerme de Aurelio para confirmar mi conocimiento de la lengua. Piruá es el maíz de las palomitas de maíz que se niega a estallar.

Mi amigo William, extraordinario profesor e investigador de la Unicamp, se especializó en el maíz, y descubrió científicamente lo asombroso de la explosión de las palomitas de maíz. Con seguridad él tiene una explicación científica para los piruás. Pero en el mundo de la poesía, las explicaciones científicas no valen.

Por ejemplo, en Minas Gerais “piruá” es el nombre que se les da a las mujeres que no consiguieron casarse. Mi prima, después de los cuarenta años, se lamentaba: “me quedé piruá” Pero creo que el poder metafórico de los piruás es mayor.

Piruás son aquellas personas que, por más que el fuego las caliente, se niegan a cambiar. Ellas piensan que no puede haber algo más maravilloso que la manera de ser que tienen.

Ignoran la palabra de Jesús: “Quien quiera salvar su vida, la perderá”. Su presunción y su miedo son la dura cáscara del maíz que no explota. Su destino es triste. Se quedarán duras la vida entera. No se convertirán en la flor blanca y suave. No le van a dar alegría a nadie. Terminada la explosión alegre de las palomitas de maíz, en el fondo de la olla quedan los piruás que no sirven para nada. Su destino está en la basura.

En cuanto a las palomitas que estallan, son adultos que volvieron a ser niños y que saben que la vida es una gran broma…

“Nunca imaginé que llegaría un día en que las palomitas de maíz me harían soñar. Pues fue precisamente eso lo que sucedió.”


El texto anterior fue tomado del periódico “Correio Popular”, de Campinas (São Paulo), donde el escritor mantiene una columna bisemanal.

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